LLUVIA
En realidad este es el duodécimo
día de cuarentena, pero aquí en este pedacito de mundo todo parece haber
entrado en letargo, las aves de mi balcón ya no cantan, los gatos desanimados
se quedan en sus ventanas coqueteando con las porcelanas, mis vecinos ya no
hace trinar la cama, lo único que resuena son los dientes de Fabio y su
bruxismo exagerado. Muchos años atrás viví en un pueblo maravilloso llamado
Socorro, este nombre de imploración perpetua de alguna forma representaba a sus
habitantes agobiados por una melancolía eterna, ah ese pueblito hermoso… colonial
en sus formas, vestido de piedra y madera elegante, de colores vibrantes, de
gente verraca y emberracada con olor a trapiche y café. En las mañanas era
común encontrarte con una bruma que subía por sus caaaaaalles empinaaaaaadas
como quien corre el velo o la cortina en la mañana para dejar que entre el Sol,
mientras que vos en chanclas mirabas embobado esas motitas de polvo elevarse al
cielo como desperezándose.
En Socorro, como en la mayoría de
lugares calientes del trópico los aguaceros eran como el amor, intensos,
repentinos y fugaces, y en uno de estos aguaceros fue donde aprendí a querer
por primera vez. Un amor adolescente por una niña adelantada para su edad, la
vitalidad hecha mujer. Su nombre era G cuya familia provenía de algún lugar de
Venezuela de dónde sacó su increíble belleza, cabello negro, unos ojos azabache
que se te clavaban en el alma, una suerte de Mónica Belucci santanderiana por
la que me moría en secreto. Eran las 7 u 8 de la noche y el profesor terminaba
de dar sus instrucciones para el final del semestre y G para sorpresa mía se
mostraba solícita de mi compañía lo cual me sorprendía e intimidaba.
En mi timidez extrema me ofrecí a
acompañarla a tomar su bus, pues no vivía en el Socorro sino en un pueblo
aledaño un poco más grande, pero ya contaminado con los males de la ciudad,
plop plop plop, sonaron las primeras gotas y nosotros adelantamos el paso,
charlando alegremente, no recuerdo muy bien de qué, pero sé que torcimos por
callecitas desconocidas, tratando de alargar el trayecto hasta que se desplomó
el cielo en un temporal, providencia divina, bendito azar del destino…estuvimos horas bajo los rieles del entejado de una casa que a mi modo de ver parecía un pentagrama gracias a su conversación musical. Y entre palabra y palabra, y entre tango y tango estaban sus labios indelebles que reían mucho y que luego supe, no solo cometían pecados verbales...
ABC
ABC
Que buen ejercicio de escritura, tan de lo cotidiano, tan atravesado por tus lecturas, tan lleno de imágenes. Yo creo que uno siempre debe darse la oportunidad de narrar sus propias historias. Gracias por esta, Alejito.
ResponderBorrarAbrazos, Myri