El Hipódromo de La Virgilio Barco
– Yo me bajo
aquí. Mi papá va para Cedritos. No se preocupe él le dice cómo llegar – después
de comprobar que mi papá está bien borracho, el taxista frunse el seño y mirandome
pregunta – ¿a qué parte
de cedritos se dirige
el señor? – papá confirma la dirección, le doy un beso y mientras me bajo del
taxi pregunta, por qué aquí – No se preocupe papi, para acá vengo. Cuídese, lo
quiero mucho, hablamos mañana – Es la glorieta de la Carrera 60 con Calle 63, estoy
en camino a La Virgilio Barco. Es noche de ciclovía nocturna en Bogotá, y la
escena esta full de bicis. Cruzando el separador una llamada a Diego me
confirma que él aún está trabajando y es probable que no venga; Leonardo sigue
en clase, no contesta y el teléfono a punto de despedirse, batería baja! Lo más seguro era que no podría comunicarme
luego con Leo, lo más seguro era que pasaría la noche solo. No, solo no,
pasaría la noche con extraños. El parche está, está parchado, se cuenta un buen
aforo. La mayoría de personas llegan en bicicleta, la parquean y luego se
parquean ellos mismos en la manga de la pequeña colina que forma el altar sobre
el que se sienta la Biblioteca Virgilio Barco. Sobre la colina se acomodan grupos
de muchachos que pratican amenamente, que seguramente han venido en bici y que,
seguramente, están
toman juguito. – Ya estando aquí, será parchar – pensé y me dí a la tarea de
buscar un espacio sobre la manga y un juguito.
Recuerdo cuando
mi hermano me enseñó la seña para preguntar por el jugo poniendose un dedo en
la cien, o mas bien, mi hermano me lo recordó, porque esta seña ya la había
conocido durante mi pregrado en La Nacional. Sin embargo, algo estaba mal,
nadie copió la seña, tal vez es necesario hacer más cara de pregunta mientras
golpeas la cien con tu dedo índice. Finalmente, tuve que darme a la tarea incómoda
pero rompe hielo – ¿Sumerce sabe quién da fuego por aquí? ¿Tiene un punto o
moñito que me venda parcero? – las respuestas fueron negativas, no encontré
nada, bueno sí encontré, un puesto en la manguita. Al sentarme, encuentro el
lugar más ameno, es dinámico, hay movimiento. Chicas y muchachos van de un lado
a otro, se mueven las bicis, algunas se caen al tropezar alguien con ellas, ¡qué
cantidad de bicis! Todo el mundo se divierte, ríen y charlan con interés, toman
cerveza, aromática, tinto y juguito. Uno de los parchecitos a los que pregunto
por un punto es un par de pelados, uno de ellos luce gafas, gafas grandes y cabello
corto; el otro lo está pegando y mantiene la cabeza abajo, concentrado en su
labor, mientras está dando las puntadas finales llegan un par de amigos más que
se suman al duque, él y ella subieron con difícultad por la manga, parquearon sus
bicis y propusieron sentarse en una parte más alta de la manga, por suerte, más
cerca de mí. La persona más próxima a mí era la chica, noté que en sus piernas tenía un libro no
muy grande que escribía en su portada “Budha”, me llamó la atención la forma en
que se encontraba escrita la palabra Buda, y me atreví a preguntarle – Oye, ¿el
libro en que idioma es? – ella se sorprendío un poco, no lo sabía, pero con la
intención amable de responderme, tomó el libro con prisa haciendo caer unos
papeles que yo entendí como las notas del lector. Entendí que no era de ella –
¿es de David? – le pregunté. Aprendí su nombre antes de que se pasaran a mi
lado, poco antes de que la pareja llegara le había pedido un punto al hombre
para ponerlo en un gotero que había tomado del cuarto de mi hermano. Recibí un
punto generoso y también me prestó su encendedor, intercambiamos saludos y
nombres.
– Gomitas,
caramelos, chicles! – Gritaba un muchacho. Gusanitos a cien pesos – Claro que
si deme mil – como gesto de agradecimiento le hice pasar al grupo de David unas
gomas – gracias, muy amable – dijeron – son muy baratas – respondí.
– ¡Última
llamada para la categoría novato piñon fijo!, ¡última llamada! – anunciaba un
megafono. Llamó mi atención de inmediato y la de muchos visitantes que se
pusieron en movimiento para atender al llamado. – En verdad hay una carrera – me
dije a mi mismo, eran los piques que Diego me mencionó. De a poco empezaron a
aparecer los corredores amontonándose en el punto de partida con sus bicicletas
tipo semi. Fue hasta que el chico del megafono dió la partida inicial que
realmente entendí que estaba en un hipódromo de bicicletas. Me gustan las
carreras en bici, nunca había estado en una, solamente las había visto por
televisión unas pocas veces, pero igualmente me gustan, y mucho. – ¡Sanduipola
sanduichito!, ¡Sanduipola sanduichito! – Decía la cuña de un muchacho vendedor.
Compré el combo de cerveza tekate y sanduche de pan arabe por sólo cinco mil y
busqué un lugar junto a la pista, ésta vez, la emoción del hipódromo
descubierto me llevó a quedarme de pie, lo más cerca posible del espectáculo.
Cada que pasaba el pelotón estallaban los gritos de apoyo: ¡corre corre corre Santi!,
¡Hasta el fondo!, ¡No te quedes Pacho! – Corre pacho! – grité también yo en
apoyo al corredor con mi seudónimo. No sé cuántas vueltas fueron, tal vez 5 o
6. Cada vuelta hace un recorrido de 1.5km, la subida más dura tiene una
inclinación de 3.1 en porcentaje y la bajada 2.3, siendo la última curva la más
cerrada con un radio cercano a los 20m, después de la cual se da un embalaje en
línea casi recta que conduce a la meta. Luego de la categoría novato piñón
fijo, me animé a dar una vuelta por el escenario, me acerqué a la zona de
partida a donde se acercaban los corredores de la categoría piñón fijo. Allí se
encontraba el chico del megáfono con cuaderno en mano y esfero en la oreja,
anotaba los nombre de los competidores y el orden en que llegaban. No sé si
entregan premiación, tampoco recuerdo el nombre del chico megáfono, me recordó
el famoso,"chicle, mani, caramelo" de uno de los refritos de los hetores.
También encontré a Sanduichito, así llamaban al chico del combo de tekate y
sanduiche de pan arabe. No le pregunté su nombre, todos lo llamaban así,
incluso luego de haber terminado de vender. Ya no vendía sanduiche, solamente
tekate. En esta categoría corrieron menos muchachos e igual, sin número que los
identifique. Da igual, las fanaticadas están armadas por amigos y familiares
que sin importar la escasa luz identificaban fácilmente su corredor. Luego de
un par de vueltas lograron los más aventajados hacerse a la fuga, muchachos con
algo más de conocimiento sobre el deporte se seguían como mordiendo llanta, idéntico
a como lo he visto en Señal Colombia.
Estar al costado
de la pista en el punto de meta y la categoría de los competidores hace el espectáculo
fabuloso, me entregué al hipódromo, al hipódromo de La Virgilio Barco. Sí, de
vez en cuando levantaba mi cabeza para encontrar al fondo del escenario el
edificio del memorable Rogelio Salmona, franco-colombiano hito de la arquitectura
colombiana, su toque moderno y armónico representado en estructuras en
ladrillo, concreto a la vista y un toque casi mágico de cuerpos de agua
conectando cada elemento, está impreso entre los edificios más bellos y emblemáticos
de la ciudad: el eje ambiental de la av. Jiménez; Las Torres del Parque,
aquellos edificios junto a la Plaza de toros de Santamaría, el museo MAMBO,
entre varios más. Reafirmaba mi sentimiento de amor por la ciudad que me hizo
crecer, y me regocijaba en el placer de hacer parte de su historia, me
encontraba presenciando, tal vez, el primer hipódromo de bicicletas en Bogotá,
y por qué no, de todo el país. En ese momento lo creía y aún lo creo, un espectáculo
como este tiene la capacidad de convertir el apasionante mundo de las competencias
en caballos de acero tan aclamado en España, Francia e Italia, en un espectáculo
que aunque igualmente de alegoría efímera, por la brevedad del paso de los
competidores, se repitiese el número de veces equivalente al número de vueltas
del que se componga la etapa, cada vez
con mayor euforia se acerca la sentencia final que declara al afortunado
campeón. Finalmente, llegó el pique para la categoría experto. El pelotón a
correr sumaba un número mayor de muchachos, 30 velocistas mal contados. – 15
vueltas que en total acumulan 22.5Km – me dijo Chico Megafono.
Poco tiempo
después de empezar la competencia, se puso al frente un pelotón de 15 muchachos
que en dos vueltas se redujo a 10 y luego a 6 que parecían no cansarse, de lo
contrario, cada vez avanzaban más rápido. Sentía que pasaban con mayor
frecuencia y el ventarrón que dejaban a su paso, refrescando los gritos de la
fanaticada de apoyo, constataba la alta velocidad que alcanzan. En la última
vuelta el segundo cruzo a menos de un metro del primero, quien con un golpe de
riñón logró confirmar la poco ventaja que tenía. Fue la última carrera, el
ambiente aún seguía al palpito pero algunos empezaban a partir, también yo, que
aunque estaba charlando de lo mas parchado con Karen, a quien conocí en medio
del evento, me preparaba para partir. – Adiós Karen, hasta pronto Virgilio.
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